miércoles, 19 de marzo de 2008

LA SONRISA DE UN PERRO

Por Monn

¿Quién dijo que los perros no sonríen?, aunque debo confesar que hace algún tiempo yo tampoco lo sabía; afortunadamente llegaron a mi vida dos pequeñas perritas que entre muchas otras cosas, me enseñaron a notar la sonrisa de un perro. Sí, ellos también sonríen cuando se sienten felices, la diferencia es que su sonrisa no siempre es tan notoria como la nuestra; aunque hay casos de perritos que sonríen tan claramente que te sorprenden.

Uno de esos casos es Nikky; Nikky era una perrita que llegó al mundo en septiembre de 1994, era una mezcla de cocker, tenia la carita de cocker, pero con las orejas pequeñas. Cuando Nikky tenía dos meses, fue cuando llegó a mi vida, se supone que estaba conmigo de visita, yo la cuidaría durante dos semanas, mientras su familia temporal se iba de vacaciones.
Esas dos semanas bastaron para que se robara mi corazón, inmediatamente supe que ya no soportaría alejarme de esos ojitos brillantes que me veían con tanto amor, ni de esos dientitos que perforaban a su paso todos mis zapatos.

Cuando su familia regresó de vacaciones, entendieron perfectamente la situación y decidieron dejármela. (Yo creo que hasta la fecha no saben lo feliz que me hicieron).
Un día llegando a la casa, cuando abrimos la puerta, nos encontramos a Nikky parada en las escaleras con un gesto extraño, enseñando los dientes mientras movía su cuerpecito siguiendo el ritmo de la cola. Lo primero que pensamos fue: “Pobre criatura, ¿Qué le pasó en la cara?”; después del susto, nos dimos cuenta de lo que tenía: ¡Estaba feliz!, feliz de vernos llegar y ese gesto era un recibimiento especial para nosotros; desde entonces y durante todos los años de su vida, el recibimiento fue el mismo, cada persona querida por ella tenia la fortuna de ser recibida con la sonrisa de Nikky.

Otra sonrisa que se quedará por siempre guardada en mi corazón es la de Kimba. Kimba era una hermosa samoyedo que nació en diciembre de 1992, y en febrero de 1993 llegó con nosotros a formar una parte muy importante de la familia. Kimba llegó a cambiar nuestra vida, la hizo mejor, era como un remolino siempre llena de energía corriendo de un lado a otro con su mirada tan alegre y esa sonrisa que no era simplemente la llamada sonrisa del samoyedo, era mas, mucho mas. Tenía una adoración especial por la tierra, y a falta de jardín, encontró una gran diversión liberando a las plantas de las estorbosas macetas, así es que no era raro llegar a casa y encontrar la alfombra convertida temporalmente en su jardín personal. Siempre me pregunté cómo podía hacer tantas cosas en tan poco tiempo, ya que a veces una simple salida al super bastaba para que ella hiciera su trabajo.

Los domingos Kimba iba a su escuela de obediencia, siempre con nosotros claro, porque no era una de esas feas escuelas donde los dejas y te vas; mas bien una escuela en donde ellos aprenden contigo y viceversa. Llegábamos a las 7 a.m. para que tuviera una hora para jugar antes de empezar sus clases, de 8 a.m. a 10 a.m. tomaba clase y al terminar tenía una hora mas para jugar, siempre regresaba a casa cansada y enlodada pero feliz.
Le gustaba tanto ir a su escuela, que parecía tener un calendario integrado, era increíble como los domingos se levantaba mas temprano y entraba corriendo a despertar a Papá dando manotazos en la cama y ladrando a todo pulmón en su oído.

Con el tiempo Kimba se fue olvidando de las macetas, y cuando Nikky llegó, se convirtieron en compañeras inseparables. Mi papá y Kimba eran los mejores


Amigos, para los dos los mejores momentos del día eran cuando salían a caminar juntos. Las travesuras se fueron quedando atrás, Kimba se convirtió en una perrita modelo, super sociable y bien portada, pero siempre alegre con esa sonrisa tan grande y los ojos tan expresivos, ella al igual que Nikky, siempre nos recibían felices y Kimba como saludando de mano, el saludo no estaba completo sino hasta que te daba la patita, lo cual nos hacía reír mucho.

Por una de esas incomprensibles cosas de la vida, un día le diagnosticaron diabetes, y a pesar de que se le estuvo controlando con medicamentos, la enfermedad le fue robando la energía, aparecieron cataratas en sus ojitos y aunque una oportuna operación le devolvió la vista, el brillo y la alegría de su mirada se empezó a desvanecer, fueron meses luchando contra esta enfermedad, pero cuando su sonrisa se fue, fue cuando nos dimos cuenta de que Kimbita se iba de nuestro lado.
Kimba murió en julio del 2003, una triste madrugada a las 4 a.m. su corazón dejó de latir, pero murió como vivió, rodeada de amor, sabiéndose amada, en su casa, con mis papás a su lado y Nikky tratando de preguntar que es lo que pasaba con Kimba.

Kimba se fue, pero sé que ahora está bien de nuevo y la imagino otra vez sana y fuerte con su enorme sonrisa y el brillo de sus ojos nuevamente en su mirada.

Mi Nikky se fue ya también, un año después que Kimba, el 17 de noviembre del 2004, tenía 10 años y al igual que Kimba, tuvo siempre una vida llena de amor, ahora ya están juntas otra vez, esperando pacientes el día que nos volvamos a reunir, pero aunque por ahora esté lejos de ellas físicamente, me han dejado un legado enorme, ellas abrieron mis ojos y abrieron mi corazón y cada perro/gato que he tenido la fortuna de rescatar a sido por ellas y cada palabra, cada letra y cada pensamiento o idea que pueda aportar a favor de los animales es gracias a lo que ellas me enseñaron.

En fin, Kimba y Nikky me enseñaron que cuando tienes un animalito, es tu responsabilidad darle una vida feliz, convivir con ellos, cuidarlos y ponerles atención. Cuando aprendes a conocerlos, aprendes a entenderlos y es cuando descubres lo maravillosos que son y lo increíble que es como se comunican contigo y lo bien que te entienden a pesar de la diferencia de idioma.
Con ellas aprendí lo inteligentes y hermosos que son, lo mucho que nos necesitan y aprendí también a mirar a los demás animalitos que no tienen un hogar y no saben lo que es sentirse seguros y felices.

Monn